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El masaje: sanación sin palabras, el arte del tacto y del contacto

El fondo profundo del masaje reside en su forma singular de establecer una comunicación sin palabras. En sí mismo, esto no es del todo extraño; a menudo, tocando o abrazando a los que nos rodean, por ejemplo, les hacemos saber que simpatizamos o que sufrimos con ellos, o que apreciamos y respetamos lo que valen. Sin embargo, el masaje puede trasmitir este mensaje en una frecuencia nueva y diferente. La persona que lo recibe participa de una experiencia física y mental difícil de describir: como si penetrara en un recinto misterioso que hasta el momento se hallaba cerrado y oculto; una región cuya existencia es probablemente conocida sólo por aquellos que practican alguna forma de meditación. Este estado, en sí mismo, es un don. Sin embargo, el que da el masaje no debe necesariamente detenerse ahí, pues mientras mejor pueda sintonizar con la agudizada conciencia de sí del sujeto, mejor podrá trasmitirle algo de su propio ser interior y de su experiencia. El más ligero contacto se convierte en una forma de comunicación: como deslizar una pluma delicada sobre un papel sensible. La confianza, la empatía y el respeto, por no mencionar una sensación de pura y mutua existencia física, pueden ser expresados con una plenitud jamás igualada por las palabras. El masaje es algo esencialmente simple. Nos hace más plenos, más nosotros mismos. Las manos tienen el poder de transmitir esta posibilidad a otros.

Usted es su propio cuerpo. Hoy en día, esto constituye un axioma en gran parte de la psicología y la filosofía. Dicho de otra manera, la mente y el cuerpo son una y la misma cosa. Nuestras emociones, nuestra percepción externa, nuestra vida espiritual, e incluso nuestra concepción intelectual del mundo circundante, comienzan y terminan dentro de esta masa íntima y oscura que es nuestro propio ser. Nuestro cuerpo, sus posibilidades de movimientos y sus relaciones con la gravedad y la Tierra, constituyen el fondo desde donde todo lo demás debe surgir. Reconciliar todo esto a un nivel emocional auténtico es tal vez el encuentro consigo mismo más importante que una persona puede experimentar. Según las palabras de Alexander Lowen:

 "Cuando el yo está arraigado en el cuerpo, el individuo adquiere una visión profunda de sí mismo. Mientras más profundas las raíces, más honda es la visión".

Los que aplicamos la terapia gestalt afirman a menudo que ciertas características de la voz de una persona expresan mucho más que el contenido explícito de sus palabras. Lo mismo ocurre con el masaje: aunque muchas actitudes pueden ser fácilmente traducidas mediante el uso de las manos, es la calidad misma del tacto la que ofrece la mayor gama de expresión.

George Downing

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